"Juro que a Cádiz regresaré"

Todavía no se si desperté por las suaves sonrisas de los niños que jugaban en la plaza del frente del hotel a donde había arribado la noche anterior o el imponente ruido de las campanas de la catedral que retumban por toda la ciudad como avisando que en Cádiz la libertad es siempre la que manda. Fue increíble como al asomarme a la ventana un fuerte brillo azul se metió a mi habitación inundándolo de un sentimiento y aroma de tranquilidad.

Sin más preámbulo e invitado por una "Gatidana" que conocí en mi facultad en Madrid, nos fuimos visitar las innumerables playas que rodean la ciudad y que en su mayoría se puede encontrar infraestructuras portuarias que les dan un toque muy romántico. Son lugares de mucho descanso, en donde los turistas se dedican contemplar el ir y venir de las olas, tendidos en la arena, que por cierto, son una de las más limpias que he conocido.

Después de haber pasado una agradable tarde de sol, buena comida e inmejorable vino, nos dirigimos junto a mi amiga y un par de familiares a recorrer varios de los antiguos miradores que fueron construidos hace muchos años con el fin de que los comerciantes de la ciudad avisaran la llegada de alguna nave a su hermosa bahía. Fue en la Torre Tavira, uno de estos miradores, donde estuve la mayoría de la noche, pues desde este punto se puede observar con una perfecta panorámica toda la ciudad y su constante jugueteo con el mar, además, en su interior hay una "mágica linterna" que en cuya pantalla se refleja todo Cádiz, gracias a un sistema de cristales ópticos.

Hacia la media noche y llamado por el atractivo ambiente de la parte histórica de la ciudad que logré percibir desde la torre, me fui con mi amiga para la calle Zorrilla, una zona que en esa época de verano se satura de visitantes que llenan los bares restaurantes y cafés, convirtiendo la ciudad de Cádiz en un constante "carnaval", donde gracias a Dios impera más el orden que el desorden.

Al siguiente día volvía a ser levantado por esa mezcla entre los niños y las campanas, entonces me fui llevado por un Tour del mismo hotel hacia el Palacio del Tiempo, en Jerez en un recinto de 15.000 m2 de jardines y arboleda, dejándote hacer un inolvidable recorrido sobre la Evolución del Tiempo a través de las civilizaciones.

En lo personal y por causa natural a la tierra donde nací, siempre he tenido admiración por los caballos y esta isla a parte de regalarme paradisíacas playas y monumentales construcciones antiguas y el mejor ambiente nocturno, me ofreció un espectáculo de arte ecuestre andaluz difícil de encontrar en otro lugar. Gracias a cierta habilidad con que he contado desde chico, tuve la oportunidad de montar uno de estos ejemplares con la tutoría de un viejo experto del tema, que al ver mi interés por manejar uno de estos, me dio la oportunidad, pero por desgracia termine colgado en una de las barreras que separan al público del show, cabe aclarar que todo fue culpa mía, que creí saber manejar este animal, olvidando que se requieren varias horas para coordinar cierta armonía que piden las riendas de un caballo andaluz.

Fueron solo dos días los que pude estar en esta fabulosa isla, pero juro ante toda su cultura romana y fenicia que regresaré, para poder seguir gozando de toda su magia, sus playas, su comida y su maravillosa gente que me hizo sentir como en casa.

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